Asumo que el museo no es un simple almacén de objetos pasados, sino un laboratorio vivo donde ejerzo mi pensamiento crítico. Analizar un bien arqueológico o una fuente de la Segunda Guerra Mundial (foto, mapa, documento u objeto) exige el mismo rigor: son huellas materiales que no hablan solas. Por ello, mi rol como estudiante es interrogarlas, cruzar los datos y cuestionar los sesgos (como la propaganda) para comprender que la historia no es un relato cerrado, sino una construcción activa y rigurosa sobre el ser humano.