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Antropología Colombiana - Coggle Diagram
Antropología Colombiana
En la práctica antropológica de países como Colombia, existe un constante malestar por adoptar los conceptos y orientaciones antropológicas dominantes o por modificarlas, ajustarlas o rechazarlas en favor de otras alternativas.
Esta necesidad de adaptar la práctica deriva de la específica condición social de los antropólogos en Colombia, quienes están posicionados tanto como investigadores como conciudadanos de los sujetos de su estudio.
El resultado es que están continuamente divididos entre su deber de científicos y su papel como ciudadanos.
La práctica de los antropólogos en Colombia se ha caracterizado por discusiones sobre las diferencias culturales dentro de la jerarquía de poder de la sociedad; la sujeción y exclusión que afecta a ciertos sectores; el rol de la etnia, la clase, el género y los dilemas que surgen del llamado desarrollo.
Desde sus comienzos, la antropología colombiana ha estado preocupada por la condición social de los sujetos de estudio, lo cual no ha estado exento de ambigüedades o contradicciones.
Pero los ha incitado a mantener un diálogo entre antropólogos y diferentes sectores sociales en torno al proyecto de construcción de nación.
En la medida en que los sujetos de estudio antropológico coinciden con los más desfavorecidos de la sociedad, los debates dejan de ser ejercicios académicos para volverse interrogantes por la suerte de un pueblo o una comunidad en particular, sobre la democracia o la naturaleza del Estado.
Durante los años de instauración de la disciplina entre 1940 y 1970, se puede apreciar la preeminencia de un enfoque descriptivo, acicateado por la preocupación de realizar un inventario detallado de las sociedades amerindias dado el desasosiego por la pérdida y la desaparición cultural.
La inclinación, común en la antropología boasiana, era hacer una etnografía general de los grupos nativos existentes en el país, urgente, pues se pensaba que estaban condenados a la extinción.
Sin embargo, desde los pioneros se dio la tendencia a combinar teorías y modelos dispares y aplicarlos de manera heterodoxa, sin seguir a una escuela determinada, lo que persiste hasta nuestros días.
La antropología se estableció como disciplina profesional en Colombia a principios de los años cuarenta, gracias a los esfuerzos de Gregorio Hernández de Alba y del etnólogo francés Paul Rivet.
La primera generación estaba formada por un puñado de jóvenes, algunos de los cuales provenían de otras disciplinas. Combinaron el interés en la etnografía con el interés de Rivet en el origen del poblamiento americano y la difusión de rasgos culturales, lo cual implicaba emprender investigación en arqueología, etnohistoria y antropología física, en busca de secuencias socioculturales perdurables.
El primer número de la Revista Colombiana de Antropología, una publicación del Instituto Colombiano de Antropología, salió en 1953. En ese momento, Colombia estaba inmersa en un violento enfrentamiento en las zonas rurales andinas que se extendió entre 1946 y 1960, la llamada época de La Violencia. Era el clímax mundial de la Guerra Fría y el miedo al comunismo era muy grande.
Al mismo tiempo, el Estado impulsaba proyectos de antropología aplicada en ciertas comunidades, como los de vivienda urbana y rural.
Es decir, los antropólogos no desconocían que estos mundos locales existían en relación con una historia y un contexto mayor y entendían que las comunidades locales ocupaban la parte inferior de la jerarquía social; sabían que éstas se enfrentaban a nuevas y apremiantes condiciones sociales.
Por esto su interés fue, a partir de sus estudios, rechazar los prejuicios profundamente arraigados que proporcionaban la base ideológica para la subordinación de las sociedades indígenas.
el director del Instituto hizo hincapié en la Revista Colombiana de Antropología en que en un futuro próximo habría una sección dedicada a la Protección del Indígena, que estudiaría los problemas específicos de cada comunidad.
Los pueblos indígenas no eran pues meros objetos exóticos, sino parte del problema social colombiano. Esta sección debía acompañar a las ya establecidas: Arqueología, Antropología Física, Etnografía, Antropología Social, Lingüística y Estudios Populares.
La idea era proponer medidas de política institucional que pudieran ayudar a los pueblos indígenas en su precaria condición e «incorporarlos» a la identidad nacional.
Durante el final de los cincuenta y toda la década de los sesenta, la sociedad colombiana se afanaba por alcanzar el «desarrollo».
El Estado recibió una reorientación técnica en la segunda mitad de los sesenta, se crearon numerosas entidades especializadas y la política se orientó a formular planes de desarrollo y hacer posible la intervención institucional.
Se consolidaron entonces los dos principales mecanismos empleados por el campo del desarrollo: la profesionalización y la institucionalización
Algunos de los pioneros de la antropología apoyaron activamente las nuevas instituciones estatales, en especial las que se ocuparon de la reforma agraria y la política hacia los pueblos indígenas.
Sostuvieron que la función de los antropólogos era planificar los cambios culturales de manera que el desarrollo y las mejoras tecnológicas en la agricultura pudieran dar lugar a la integración de las poblaciones campesinas e indígenas en la estructura social de la nación
El antropólogo Gregorio Hernández de Alba fue el inspirador de un nuevo organismo oficial, la División de Asuntos Indígenas, cuyo objetivo, según su propia definición, era «el mejoramiento social y la incorporación efectiva a la vida activa y al progreso nacional de los territorios y habitantes que pudieran clasificarse como marginales»
Ya desde 1940 el concepto de integración nacional había estado en el centro del indigenismo que se extendió por toda América Latina gracias a la obra del antropólogo mexicano Manuel Gamio.
Este indigenismo incluía formas muy concretas de acción respecto a las poblaciones indígenas y, en particular, sobre sus tierras.
Como sigue siendo el caso hoy, en Colombia las sociedades indígenas se encuentran dispersas en las regiones periféricas, en grupos con baja densidad de población y diferencias culturales pronunciadas.
desde el comienzo, los antropólogos percibieron la desigualdad y el papel sociopolítico de las diferencias culturales dentro de las jerarquías sociales en el Estado nación colombiano. Pero desde enfoques opuestos.
El uno favoreció la integración y la asimilación de la diferencia a la sociedad nacional, lo que prevaleció entre los años cincuenta a setenta, y de cierta manera todavía está presente en los discursos sobre el desarrollo y el atraso.
Los otros abogaron por cambios en las relaciones sociales de subordinación de los indígenas y denunciaron su situación de pobreza y exclusión.
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El concepto central que guiaba la acción de los antropólogos militantes era el compromiso, que entendieron como un deber moral de enfrentar lo que creían que dañaba a las comunidades.
Muchos lo practicaron al máximo, como en el caso de la presa de Urrá, y algunos siguen con este enfoque, pero la mayoría optó por posturas más conciliadoras y por acentuar su carácter de expertos, profesionales o académicos.
el concepto de complicidad es muy limitado para la práctica antropológica en Colombia por el hecho de que investigadores y sujetos de estudio, todos, se sienten afectados por el conflicto interno que perturba a su propio su país.
Los científicos sociales no pueden mirar con cauta distancia a las partes contrarias, ni su desapego es el de un extranjero en temporada de campo.
el argumento central es que en América Latina la construcción de conocimiento antropológico, así como la práctica de la antropología, se basa en que el Otro es una parte esencial y problemática del yo.