Los valores materiales e inmateriales del patrimonio vernáculo representan un legado importante, no solo por sus características arquitectónicas, sino también por la relación responsable que han establecido con el entorno a lo largo del tiempo. Este tipo de patrimonio refleja los conocimientos, costumbres y formas de vida de las comunidades que lo construyeron, utilizando soluciones que responden directamente a las condiciones del lugar.
Su adaptación al contexto, al clima, a la disponibilidad de materiales y a los recursos naturales demuestra una manera de construir basada en el aprovechamiento responsable del entorno. Los sistemas constructivos tradicionales suelen utilizar materiales disponibles localmente y técnicas que han sido transmitidas entre generaciones, lo que permite comprender cómo las comunidades han desarrollado estrategias para habitar de manera más adecuada a sus condiciones ambientales.
Por esta razón, el patrimonio vernáculo adquiere un valor especialmente importante en la actualidad, ya que sus características pueden aportar conocimientos para una arquitectura más consciente y sostenible. Conservarlo no significa únicamente mantener edificios o elementos físicos, sino también reconocer y proteger los conocimientos, prácticas y valores culturales asociados con ellos. De esta manera, su conservación permite mantener la identidad de las comunidades y, al mismo tiempo, recuperar principios de adaptación y aprovechamiento de los recursos que pueden ser útiles para la arquitectura contemporánea.
(Guillaud, 2020).