Esta perspectiva fortalece la relación entre docente y estudiante, ya que la retroalimentación constante facilita la identificación de fortalezas y dificultades académicas. Asimismo, la evaluación formativa favorece el desarrollo de competencias críticas, la autonomía y la autorregulación, aspectos fundamentales en la formación profesional. Por otra parte, Gell-Labañino destaca que la participación activa de los estudiantes en procesos de autoevaluación y coevaluación contribuye a generar ambientes de aprendizaje más inclusivos y colaborativos. De esta manera, la práctica docente universitaria se enriquece mediante estrategias innovadoras que promueven un aprendizaje significativo y centrado en las necesidades reales de los estudiantes. En consecuencia, implementar la evaluación formativa implica asumir una visión educativa más humana y reflexiva que fortalece la calidad de la enseñanza y el compromiso de los estudiantes con su proceso de aprendizaje.