Según el artículo de Tuñón de Lara de 1990. A nivel nacional, el periodo de 1940 a 1980 estuvo marcado por grandes transformaciones. Tras la Guerra Civil (1936–1939) y la instauración del régimen franquista, España vivió una etapa de autarquía en los años 1940–1950, caracterizada por el aislamiento internacional, la escasez de recursos y el estancamiento económico. En este contexto, el campo seguía siendo la base de subsistencia, pero ya empezaba a perder peso en la estructura demográfica del país.
Según los estudios de Vicente Pinilla y Luis Antonio Sáez, la población rural pasó de constituir el 68% en 1900 al 52% en 1940, y continuó descendiendo hasta situarse en torno al 30% en la década de 1970. La reducción de la población rural en la segunda mitad del siglo XX, especialmente entre 1950 y 1980, se acercó al 40%, un descenso muy marcado y generalizado en todo el territorio.
Esta situación se entiende como el resultado de la combinación de factores demográficos y migratorios. Por un lado, la natalidad seguía siendo elevada mientras que la mortalidad descendía, lo que aseguraba un crecimiento natural positivo de la población en los años 1940–1960. Sin embargo, la industrialización y las nuevas oportunidades laborales en las ciudades provocaban un flujo constante de salida desde el campo, restando habitantes al medio rural, sobre todo entre 1960 y 1975. (Silvestre, 2023).
Entre 1950 y 1975, España vivió el llamado “desarrollismo”, una etapa de fuerte expansión económica impulsada por los Planes de Desarrollo (aprobados en 1963, 1968 y 1972) y por la apertura internacional del régimen. La industria y los servicios crecieron a gran velocidad, lo que provocó grandes movimientos de población desde las regiones atrasadas hacia las más desarrolladas. Las familias rurales fueron las protagonistas de estos movimientos, emigrando hacia Madrid, Barcelona, Bilbao y otras ciudades industriales, especialmente entre 1960 y 1975. Esto tuvo una consecuencia desigual, pues mientras que en el interior peninsular muchas zonas superaron el 50% de despoblación hacia 1970–1975, en las regiones mediterráneas y cantábricas las reducciones fueron más moderadas, inferiores al 50% y al 25%, respectivamente. (Carreras & Tafunell, 2005).
Además, este proceso estuvo acompañado por la modernización agrícola en los años 1960–1970, lo que también redujo la necesidad de mano de obra en el campo, y por la mejora de las comunicaciones, especialmente tras 1965, que facilitó la movilidad. Por todo ello, la emigración rural se convirtió en un fenómeno estructural que transformó la sociedad española entre 1940 y 1980, reduciendo el peso del campo y consolidando el protagonismo de las ciudades en la economía y la cultura. (Nadal, 1975).