No sabía que llorar en silencio durante las noches se volvería rutina. Entré a la universidad emocionada, creyendo que estaba viviendo los mejores años de mi vida. Pero pronto me encontré con trabajos interminables, exigencias inalcanzables y un miedo constante al fracaso. Sentía que todos avanzaban, menos yo. Mis amigos dejaron de llamarme, y en casa nadie notaba mi cambio. Fue Luis, mi compañero de clase, quien me vio un día temblando en los pasillos y me dijo: 'No estás sola. Yo también fui a terapia. Puedes pedir ayuda'.
Gracias a él, conocí a la psicóloga del campus. Al principio, me sentí avergonzada, pero poco a poco entendí que cuidar mi mente no era debilidad, sino una forma de sobrevivir. Hoy sigo luchando, pero ya no me escondo. Y cada vez que puedo, le digo a otros lo mismo que me dijeron a mí: ‘No estás solo’. Porque el silencio no debe ser parte de la universidad."