En las sociedades modernas, la autonomía individual se ha convertido en el valor supremo, lo que ha generado una pérdida de sentido compartido. Esta excesiva individualización rompe vínculos sociales y deja al individuo aislado, sin una guía moral colectiva. Vivimos en una época donde el sujeto se considera “desarraigado”, es decir, desligado de su historia, cultura y comunidad.