Las crisis patologizadas son aquellas que, por su intensidad, duración o impacto, superan los recursos de afrontamiento del individuo y desencadenan trastornos psicológicos como depresión, trastorno de estrés postraumático (TEPT), ansiedad generalizada, entre otros. El fortalecimiento de la resiliencia, entendida como la capacidad para adaptarse positivamente a la adversidad, se plantea como un componente clave para la intervención efectiva y sostenida.
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Identificar y fortalecer factores protectores individuales, familiares y sociales.
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Fomentar la construcción de sentido, autoeficacia y control personal.
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Evaluación de síntomas (depresión, ansiedad, disociación, etc.).
Detección de factores de riesgo (historial de trauma, aislamiento, abuso).
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Información clara sobre la naturaleza de la crisis, respuestas esperadas y patologización.
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Terapia centrada en el trauma (por ejemplo, EMDR, exposición gradual, terapia narrativa).
Técnicas de regulación emocional (mindfulness, respiración diafragmática, reestructuración cognitiva).
Reconstrucción del sentido: búsqueda de propósito, resignificación de la experiencia traumática.
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Reconexión con valores personales, identidad positiva y esperanza.
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Inclusión de la familia, amigos u otros vínculos significativos.
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Escalas de resiliencia (CD-RISC, BRCS, etc.).
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