Héctor sabía que marchaba hacia una muerte segura, aunque no lo confesara. Andrómaca, tomada por la angustia, presintió también la tragedia. Ambos entendían que ese encuentro podía ser el último. Incluso el niño, en su inocencia, percibía la tensión en el aire. Así hablaban, sabiendo que los dioses ya habían decidido su destino.