Evaluar, por su parte, ya no puede ser entendido como un fin, sino como un proceso constante, ético y transparente. Para ello, establezco objetivos y criterios claros, y uso instrumentos que acompañen el desarrollo del pensamiento, la autorregulación y la reflexión. En este camino, la ética no es un añadido, sino el eje que guía toda mi práctica: formar con valores como el respeto, la responsabilidad y la excelencia es esencial para construir una comunidad de aprendizaje basada en la reciprocidad y el cuidado.