Las nuevas fuentes de energía que aún usamos hoy no eliminaron las anteriores, pero sí redujeron su uso. La energía eléctrica, que puede ser térmica o hidráulica, fue muy importante por ser limpia y adaptable, además de impulsar la economía junto con el motor eléctrico. El petróleo reemplazó al carbón y se usó en calefacción, lámparas y lubricantes. El acero se convirtió en el producto más importante del siglo XIX, fundamental para la industria pesada y bienes de consumo, gracias a avances como el convertidor Bessemer y el horno Martin-Siemens, que abarataron su producción. También surgieron otros elementos como zinc, aluminio, níquel y cobre, que tuvieron un papel destacado en esa época.