Aunque la Didáctica puede desarrollarse como un sabe autónomo, con sus propios objetivos y metodologías, como toda ciencia requiere de un horizonte; pues al perderlo, el “saber por el saber” se convierte en un fin, y el horizonte de la didáctica debe ser la Pedagogía (Lucio, 1989). Relacionado con este planteamiento, Laneve (1993; en Garrido, 2013) niega la Didáctica como mero campo aplicado y técnico de una ciencia del conocimiento, restringida al cómo se aprende (dimensión técnica) y como transposición de indicaciones teóricas externas a la comprensión de la práctica social de la enseñanza, y propone a la Didáctica como campo de construcción original de conocimiento sobre la enseñanza, nos encontramos entonces con el límite del pensamiento didáctico: no es la acción educativa; esta implica conocimiento, reflexión y compromiso (praxis), es decir, la Pedagogía (Garrido, 2013). Por tanto, dará qué pensar al pedagogo un régimen metodológico del didacta, pues educar no es un acto de fabricación o instrucción, pues este requiere de saberes y de un propósito, por lo que unos y otros se necesitan (Zambrano, 2016).