Como se ha revisado en temas anteriores, el nuevo marco involucra la reorganización del sistema y las articulaciones entre niveles educativos para favorecer el desarrollo integral de las y los estudiantes, brindando herramientas para la formación continua a lo largo de toda la vida. Es decir, ya no sólo se busca alcanzar mejores resultados educativos o el cumplimiento de determinados criterios (normalidad mínima, estándares), sino la articulación de todo el sistema. Se busca que el nuevo tipo de ciudadano ideal tenga: sentido por la vida propia, aprecio por los demás, cuidado por el medio ambiente, una identidad propia y colectiva, respeto por las cosas, por lo inerte, lo circundante, pero desde una visión respetuosa.
Se concibe a las y los estudiantes como personas con una historia de vida, una identidad y un marco de intereses propios; y a la adolescencia como una etapa fundamental en la vida que requiere de una atención específica y diferenciada. De modo que es importante tener presente no solo los cambios físicos, sino también los emocionales de los adolescentes, ya que las emociones son el origen y el motor de nuestras acciones; son las que definen cómo accionamos, son la clave de nuestra interacción con el entorno y de nuestro propio conocimiento y crecimiento personal (Pacheco-Salazar, 2017). Por lo tanto, dentro de la planeación didáctica, es importante trabajar la parte emocional de la misma forma que la parte cognitiva, a fin de lograr un balance que impacte en el bienestar.