Este contexto favoreció la caída del muro de Berlín y la ola del cambio se extendió a los otros regímenes comunistas. En Polonia, Hungría, Checoslovaquia, Rumania, etc., movimientos populares de diversos signos consiguieron derrocar a sus respectivos gobiernos. En todos ellos, se realizaron elecciones libres y se redactaron constituciones liberal-democráticas de distinto alcance. En apenas dos años, los regímenes comunistas de la Europa del Este habían desaparecido.