En las décadas anteriores al siglo XXI, el consumo fue evaluado de diversas maneras: en los 50 y 60, por su cantidad; en los 70, por sus atributos sociales; en los 80, por su precio; y en los 90, por el factor de diversión que ofrecía. Sin embargo, con el cambio de siglo, el impulso del consumo comenzó a disminuir, mientras que los riesgos globales, como las pérdidas económicas y el terrorismo, empezaron a marcar el tono de la sociedad.
Se proponé un cambio en la actitud de consumo de la sociedad, pasando de una mentalidad materialista de “comprar es ser” y "tener es ser" a una sociedad futura donde el estatus social se definiría más por el conocimiento que por la posesión de bienes materiales.
Los cambios hacia un desarrollo sostenible no dependen únicamente del gobierno y las empresas, ya que los procesos de desarrollo están influenciados por trayectorias tecnológicas y socioeconómicas preestablecidas. El desafío es encontrar formas de cambiar basándonos en valores comunes, como la salud, la educación, la seguridad social y un entorno saludable. El consumo ilimitado y la riqueza no son los principales objetivos de las personas, sino medios para garantizar la seguridad y el bienestar.