El texto analiza las emergentes políticas educativas del siglo XXI, destacando dos ejes principales de cambio. El primero está vinculado al concepto de "desarrollo humano integral", inspirado en las ideas de Max Neef y Amartya Sen. Este enfoque, adoptado por organismos como la ONU y la Unesco, busca mejorar la calidad de vida mediante la equidad, la democracia, el respeto por la diversidad y la sostenibilidad ambiental, enfatizando que el bienestar depende del control individual sobre la propia vida. Desde esta perspectiva, se impulsa la inclusión de grupos históricamente excluidos como mecanismo para promover la cohesión social, evidenciado en iniciativas del PNUD, el BID y Eurosocial. Se señala la necesidad de superar un enfoque superficial de la interculturalidad, promoviendo transformaciones profundas y reales.