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Abrí tan cautelosamente, que más no podía ser, hasta que al fin un solo rayo pálido, como un hilo de araña.
Un ruido sordo, ahogado y frecuente, semejante al que produce un reloj envuelto en algodón.
Un silencio tan imponente como el de aquella antigua casa.
Movía lentamente la cabeza, muy poco a poco, para no perturbar el sueño del viejo.
El ojo se asemejaba al de un buitre.
La Muerte, que se acercaba, había pasado delante de él con su negra sombra.
La influencia fúnebre de esa sombra invisible era la que le hacía sentir.
Me dolía la cabeza; me parecía que mis oídos zumbaban.
El terror del anciano debía ser indecible.
La risa entreabriese mis labios.
El ruido sordo y ahogado que se eleva del fondo de un alma poseída por el espanto.
El redoble del tambor sobreexcita el valor del soldado.
Comenzó a germinar en mi cerebro la idea de arrancar la vida al viejo.
Me es imposible decir cómo se me ocurrió primeramente la idea; pero una vez concebida, no pude desecharla ni de noche ni de día.
Cada vez que este ojo fijaba en mí su mirada, se me helaba la sangre en las venas...
Durante una hora me mantuve como petrificado...
¡Miserables! —exclamé—. No disimuléis más tiempo; confieso el crimen. ¡Arrancad esas tablas; ahí está, ahí está!