A pesar de que su esencia era básicamente conservadora, la Viena de Mahler fue además del centro de la intensa actividad artística y cultural del pensamiento europeo que se desarrolló durante el cambio de siglo, el lugar donde se engendraron la mayor parte de las corrientes del pensamiento europeo más radicales del momento. Como sede del imperio austro-húngaro, simbolizado por el envejecido emperador Francisco José, Viena fue guardián y árbitro del orden cultural y político, y como lugar de nacimiento del Clasicismo musical, siempre estuvo especialmente orgullosa, y al mismo tiempo se sintió protectora, de semejante herencia artística. Sin embargo, a medida que el nuevo siglo comenzaba, empezaron a producirse claros signos de agitación. Movimientos políticos independentistas y nacionalistas retaron a la autoridad del gobierno central, presagiando así la desintegración final del imperio que se produjo al final de la primera guerra mundial. La incertidumbre acerca del futuro se convirtió en una preocupación constante.
Todas estas tensiones quedaron englobadas en los trabajos de un importante grupo de artistas e intelectuales radicales que se concentraron en Viena durante el cambio de siglo, y cuyas ideas fueron profundamente influyentes. Entre ellos se encontraban el científico Sigmund Freud, el pensador político Theodor Herlz, los arquitectos Otto Wagner y Adolph Loos, los pintores Gustav Klimt, Egon Schiele y Oskar Kokoschka, los escritores Arthur Schnitzler, Hugo von Hofmannsthal y Karl Kraus, y los compositores Arnold Schoenberg y el mismo Mahler. Todos ellos fueron los encargados de reestructurar las creencias tradicionales, de desarrollar nuevos modos de pensamiento, nuevas formas de expresión verbal, nuevas maneras de ver y de oír. De forma colectiva, ayudaron a establecer las bases intelectuales y artísticas de la era moderna.