Wiracocha, que había ahuyentado las tinieblas, ordenó al Sol que enviara a una hija y un hijo a la Tierra, para iluminar a los ciegos el camino. Los hijos del Sol llegaron a orillas del lago Titicaca y emprendieron viaje por las quebradas de la cordillera. Traían un bastón. En el lugar donde se hundiera al primer golpe, fundarían el nuevo reino. Desde el trono, actuarían como su padre, que da la luz, la claridad y el calor, empuja las cosechas, multiplica las manadas y no deja pasar día sin visitar el mundo.