Algunos lingüistas, tal como Edward Sapir, advierten a este respecto que sería erróneo confundir el lenguaje con el pensamiento conceptual tal como éste se ejerce actualmente; llega incluso a afirmar que el lenguaje es ante todo una función «extrarracional», lo cual significa que su materia se manifiesta en diferenciaciones y sistematizaciones que no forzosamente tienen algo que ver con la razón del sujeto definido actualmente como sujeto cartesiano.
La misma lingüística, al apoyarse sobre la concepción (permitida
por la teoría del signo) según la cual la lengua es un sistema formal,
pierde su interés hacia los aspectos simbólicos del lenguaje y estudia
su orden estrictamente formal como una estructura
«transformacional».
Vemos, pues, que la lingüística moderna va más lejos de Saussure, «desubstancializa» la lengua y representa la significación (de la que no se preocupa en un principio) como el resultado de un proceso de transformación sintáctica generadora de oraciones. Hay aquí un procedimiento que recuerda al del lingüista Léonard Bloomfield quien excluía ya la semántica del campo lingüístico, remitiéndola al dominio de la psicología.basándose en una crítica filosófica del concepto mismo de signo que una la voz y el pensamiento de tal manera
que llega hasta hacer desaparecer el significante en beneficio del
significado, otros autores han apuntado que la escritura, por su parte,
en cuanto que huella o trazo (lo que se ha dado en llamar, según una
terminología reciente, un grama) descubre dentro de la lengua un
«escenario» que no pueden ver el signo ni su significación: un
escenario que, en vez de instaurar un «parecido» como lo hace el
signo, es por el contrario el mecanismo mismo de la «diferencia».