La madre cría a su hijo a través de sus dones de amor, expresados en sus caricias deseantes, en sus arrullos, en sus mimos, en sus canciones de cuna, y en sus susurros afectivos.
Sin un adecuado suministro libidinal por parte del Otro primordial, el cuerpo biológico del niño no logra investirse eróticamente y consolidarse narcisisticamente, y las carencias emocionales padecidas en la infancia dificultan y perturban seriamente la constitución subjetiva dado que generan patologías.