Los terremotos se suelen producir por el deslizamiento de la corteza terrestre, la capa más superficial de la parte rocosa de la Tierra, en torno a una falla, que es una especie de cicatriz que se produce en zonas donde esta capa es más frágil. Los temblores aparecen porque, a medida que se van deformando y doblando algunas partes de esta capa superficial (litosfera), se va almacenando energía elástica, al igual que una goma que se estira cada vez más. Pero cuando estas rocas alcanzan su límite de deformación, se fracturan y liberan esa energía acumulada en forma de vibraciones sísmicas.
Si esta zona de contacto estuviera perfectamente lubricada este movimiento entre las dos placas se daría con más suavidad y se evitarían los temblores.
La energía se libera en forma de ondas, lo que hace temblar la superficie de la Tierra. Hay tres tipos de ondas: primaria, secundaria y superficial. El punto en el que se produce el terremoto, bajo la superficie, es lo que se conoce como hipocentro. El epicentro es el punto de la superficie donde se registra el terremoto.
Tras la aparición de un terremoto las placas tardan un tiempo en estabilizarse, se continúan produciendo más terremotos, pero de menor intensidad, que es lo que se conoce como réplicas.