En el paisaje americano y en su gente el romántico encuentra rasgos de lo propio, de lo diferente. Como la naturaleza en Hispanoamérica asombra por su generosidad y su tamaño, el romántico la identifica con lo exótico. El desierto, la pampa, la selva, los grandes bosques, la magnitud de las montañas, permiten explorar el color local y su paisaje humano. En este espacio el romántico proyecta sus estados de ánimo, es decir, siente que lo acompaña en sus alegrías y en sus tristezas. También la naturaleza aparece como una manifestación de lo divino. A través de ella se puede conectar con lo trascendente y lo misterioso.