Con el Segundo Imperio francés, se instauró un régimen que mantuvo el derecho universal al voto masculino. Sin embargo, no existía separación real de poderes, ya que todos dependían en último término de Napoleón III. El emperador, en lugar de elecciones, convocaba plebiscitos o referéndums para autolegitimarse, planteándolos de tal forma que su resultado fuera siempre favorable a sus intereses. Así, el sufragio, aunque se reconocía, resultaba en la práctica una ficción.