A la vez, es posible aprender de experiencias significativas. No sólo en la Argentina, a partir de la acción masiva de movimientos y movilizaciones sociales surgen gobiernos con proyectos nacional-populares, en algún caso autodenominados “revoluciones en democracia”, cuyos nuevos mandatos constitucionales afirman la necesidad de reconocer y potenciar las formas de economía solidaria, popular, comunitarias, cooperativas, asociativa, las pretéritas y las que emergen en la crisis.
Esa movilización de las sociedades involucra tanto la protesta masiva frente a la sociedad política como articulaciones de los movimientos reivindicativos sectoriales y la emergencia de nuevos movimientos antisistémicos cuyas miras se dirigen al núcleo del sistema-mundo actual.
Los pueblos originarios y su crítica al colonialismo con su proyecto civilizatorio de modernidad, uniformizante y destructora de la diversidad, nos plantean el Buen Vivir o el Vivir Bien como paradigmas alternativos al del Bienestar material.
El feminismo y su crítica al patriarcado, previo al capitalismo y al colonialismo mismo, propone otros sistemas de producción de significados, otras dimensiones de la economía (como la economía del cuidado), otras relaciones con el lugar.
El campesinado, crítico de la tecnología destructora de la tierra y de la vida, el que nos plantea no sólo una propuesta agroecológica sino la soberanía alimentaria, el valorar la economía de la casa, siempre presente en las estrategias de la economía popular, y que retoma la consigna de “la tierra para el que la trabaja”.
El sindicalismo y el cooperativismo y la izquierda tradicional misma son tensionados por estos nuevos sujetos sociales y políticos que cuestionan el sistema que los viene cobijando con grandes contradicciones. Estos actores colectivos devenidos sujetos no se presentan como sujetos históricos predeterminados ni basan sus estrategias en la convicción de que hay leyes históricas inexorables que llevan a una sociedad ideal.
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