En la antigüedad encontramos un ser humano con una visión muy reducida de sí mismo, del trascendente y del mundo. Para él, todo su existir, su pensar, su obrar, su representar, su idear y su soñar, ocurría dentro de los límites de ese mundo reducido. Era un ser del inmediato y de libertad limitada. Él mismo era desconocido para sí, podríamos pensar, por tanto, que se trataba de un ser estático y sin mucha trascendencia.